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Los niños pequeños aún no saben identificar, regular o expresar sus emociones de forma adecuada. Lloran, gritan o se frustran con facilidad porque están aprendiendo a navegar un mundo emocional complejo. Como adultos, nuestro papel no es reprimir esas emociones, sino acompañarlas con respeto, empatía y paciencia.
Acompañar emocionalmente a los niños favorece:
Frases como «no llores«, «eso no es nada» o «ya estás muy grande para eso» enseñan a los niños a reprimir lo que sienten, no a manejarlo. Esto puede generar inseguridades, ansiedad o explosiones emocionales más adelante.
No minimices lo que siente. Dile frases como:
“Entiendo que te sientas triste.”
“Estás enojado porque querías seguir jugando, ¿verdad?”
Esto le enseña que lo que siente es válido, aunque no siempre pueda hacer lo que quiere.
Dale vocabulario emocional:
Nombrar la emoción ayuda a identificarla y gestionarla mejor.
Tu serenidad es el ancla para su tormenta. Si tú gritas o te alteras, el niño sentirá que su emoción es peligrosa o demasiado intensa para los demás.
Acompañar emociones no significa permitirlo todo. Puedes decir:
“Está bien estar enojado, pero no está bien golpear.”
Los límites claros le dan seguridad.
Los cuentos ilustrados, las tarjetas emocionales o los juegos de roles son herramientas poderosas para trabajar emociones de forma divertida y natural.
«Acompañar no es controlar, es estar presentes con amor, incluso en el desborde.»