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La infancia está llena de descubrimientos, sonidos, texturas y emociones nuevas. Sin embargo, algunos niños experimentan estos estímulos de una forma mucho más intensa que otros. A esto se le conoce como alta sensibilidad sensorial.
¿Tu hijo se molesta con facilidad por sonidos fuertes, evita ciertas texturas o se angustia en ambientes con mucho movimiento? Puede que estés criando a un niño altamente sensible… y eso está bien. Solo necesita un acompañamiento respetuoso y consciente.
La sensibilidad sensorial hace referencia a cómo el sistema nervioso recibe e interpreta los estímulos del entorno: luces, sonidos, olores, texturas, sabores, temperatura y más.
Cuando un niño es altamente sensible, su cerebro percibe estos estímulos con más intensidad, lo que puede hacerlo sentir abrumado con facilidad. No se trata de un problema, sino de una forma diferente de interactuar con el mundo.
A continuación, te comparto algunas señales que pueden indicar que tu hijo tiene una sensibilidad sensorial más alta de lo habitual:
Como madre, padre o educador, tu papel es fundamental para acompañarlo con empatía. Aquí algunos consejos prácticos:
.- Respeta sus tiempos y reacciones. No lo fuerces a “soportar” lo que lo incomoda.
.- Crea un entorno predecible y tranquilo. Las rutinas claras ayudan a reducir la ansiedad.
.- Ofrece actividades sensoriales seguras. Juegos con agua, arena, masilla, pinceles suaves, etc.
.- Permítele elegir su ropa o su lugar en el aula o casa. Sentirse en control reduce el estrés.
.- Consulta con un terapeuta ocupacional si sus reacciones afectan su vida diaria en casa o escuela.
No necesariamente. Aunque puede compartir algunas características, la alta sensibilidad no es un trastorno. Muchos niños sensibles son neurotípicos. Aun así, si tienes dudas, lo ideal es acudir a un especialista que pueda orientar adecuadamente.
Los niños altamente sensibles no necesitan “endurecerse”, sino sentirse comprendidos.
Tu paciencia, tu mirada amorosa y tus palabras pueden hacer toda la diferencia.
Recuerda: cada niño es único. Y cuando lo acompañamos desde el respeto, florece a su ritmo y en su forma.